“Barro” por Nina León

Vomito en silencio. No me animo a hablar. Tengo miedo. Solté ataduras, dolores, rencores y volví a nacer pero, aun así, tengo miedo.
Me parí hace poco, en mi propia casa, mientras me observaba en el reflejo de los vidrios, masturbándome con la mano izquierda y escribiendo con la derecha. La vanidad fue el primer pecado capital que devoré. Quizá vaya por todos.
Escribo sofocada, con los ojos llenos de lágrimas. La garganta me asfixia y la taquicardia me invade, como si no pudiera decidir por mí. Mi gata de tres meses decidió meterse adentro de una valija mal cerrada y ahora no puede salir. Me siento igual.
Tengo una hija, escribo, lucho por mis derechos y desde que soy puta, temo.
Temo que mi mamá crea más en la Iglesia, que en mi propia voz. Que mi papá confíe más en los noticieros que en mi realidad. Temo por mis hermanos, que no me acepten nunca, que ignoren mis palabras. Los quiero abrazar, contarles mi verdad.
Decidí ser puta pero temo, por eso escribo. Temo al rechazo y al aislamiento. A la falta de amor, de contención. Temo por la moral, que sea más fuerte, y que mi familia deje de quererme.
Aun así, decidí ser puta.
Me animé a ejercer este trabajo cuando me cansé del periodismo rata, de los call centers esclavistas, de los jefes misóginos o de las mil horas en los salones de belleza por comisiones basura. Todos complotaban para que mis ideas no se encendieran nunca. Para que sintiera culpa por detestarlos.
Me animé a este trabajo por la curiosidad de explorarme en el sexo. Busco sin certezas abismos para mi cuerpo. Dejé de ser la nena avergonzada que miraba porno a escondidas.
Me animé a ser puta y ejerciendo este trabajo me encontré más auténtica y frontal. Comencé a quebrar prejuicios con los que había crecido. Esta nueva profesión me enseñó a escuchar.
Conocí a Simón, mi primer cliente con diversidad funcional, que no pensó ni en su silla de ruedas ni en su patología como impedimentos para sentirse vivo al lado mío. Me crucé con Juan, que busca en los pernoctes y en mis abrazos un sitio seguro donde refugiarse, soltando su timidez. Me topé con Jeremías, que me hizo llorar en nuestra primera vez cuando, con los ojos vidriosos, me relató el momento en que su compañera de vida se moría consumida por un cáncer de mama, mientras sus hijos la despedían. Conocí a María y a Jonás, que me buscaban en los tríos para alimentar su alianza sin que la rutina los apagara. Me hice cómplice de Belén, que aún no se anima a enfrentar su bisexualidad pero que siente alivio ante mi presencia. O de Mateo, a quien no podría mirar como pareja y, sin embargo, es uno de los hombres que más me calienta.
El trabajo sexual me ayudó a reconocer mi propio cuerpo. Pese a eso, temo y a veces también lloro en soledad. Pero desde que decidí ser puta comencé a entender que nadie me va a volver invisible, como lo hicieron con mi mamá. O que nadie puede prohibir mi pasión, como lo hicieron con mi papá.
Decidí ser puta cuando acepté que no estaba mal ser puta y que tampoco necesito que esté bien ser puta, porque es mi decisión y es suficiente para enchastrarme en el barro de mis sueños.
Decidí ser puta. Sin culpas. Con amor.
Decidí ser puta y bautizarme Nina León.

ilustrado por Nicolás Igarzábal
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